El resultado de contar el cuento.

Escrito por el mayo 23, 2018

Las maneras de resistir son tantas, tan variadas y juzgadas que, aunque como sociedad necesitamos escuchar historias que nos hagan revivir nuestra esperanza en que las cosas pueden ser diferentes, tenemos respuestas tan miserables ante las víctimas, sus modos de lucha y el cómo superan su dolor y su impotencia ante la falta de justicia, que quizás nos merecemos la suerte de vivir sin esperanzas de ser un país diferente.

Claudia Morales, Carolina Flórez  y Nadia Sánchez son la viva muestra de ello. La primera es una gran periodista, de tono fuerte y decidido que escribió en una columna como fue violada hace unos años por su jefe. Carolina, candidata a la cámara de representantes, por el partido de la U. Ella en años pasados fue víctima de maltratos aberrantes que incluían, puños, patadas y mordiscos a su vagina. ¡Háganme el favor!

La tercera no es una víctima, sino una mujer que a los ojos de muchos esta un poco loca: Nadia Sánchez, administradora de empresas de 29 años. Ella decidió abandonar el sueño americano para venir a trabajar por las mujeres victimas del conflicto armado en Colombia, visibilizar sus historias, y enseñarles a crear y consolidar un proyecto productivo sostenible bajo la bandera de la fundación She is.

Leerlas y escucharlas es algo que empodera. Aun así, lo que más impresionan son las posturas de varios sectores de la sociedad hacia sus iniciativas de resistencia.

Las conjeturas sobre quien es el violador de Claudia morales, sumadas a las especulaciones  de su posible contrato con una editorial aduciendo su confesión pública a un trato publicitario; las duras críticas hacia Carolina, por el hecho de que una “modelito” se lance a la política, o porque  cuente con detalles y sin titubear su historia y el hecho de que la justicia aún no resuelve su caso de abuso, porque claro, acá nos enseñaron que esas cosas simplemente no se cuentan; las críticas hacia Nadia y las recomendaciones  de gente que ha hecho poco, a cerca de como se deben hacer la cosas, el poco apoyo gubernamental y varios intentos de plagio, son maneras en las que la sociedad responde a las iniciativas de hacer algo más que ser indiferente a los problemas y dolores de las mujeres .

En Colombia hacemos campañas para que ellas denuncien a sus agresores, sean reconocidas como victimas de la guerra y poder visibilizar sus historias de abuso, pero en el país del Sagrado corazón todo se va al carajo, ya que cuando las mujeres se atreven a contar según sus fuerzas lo que les ocurrió, pueden correr el riesgo de no ajustarse a lo que consideramos políticamente correcto, y a que les caigamos encima para revictimizarlas una vez más, de modo colectivo y sin miramientos.

Además, también nos hicimos expertos en apocar los esfuerzos sociales de mujeres para ayudar y empoderar otras mujeres, porque, aunque poco hacemos, tenemos no sé de dónde la fórmula mágica de cómo arreglar el país… De palabra, claro

Al final de este cuento donde todo el mundo pretende opinar hay dos cosas que nos quedan muy claras y que reflejan la realidad de muchas mujeres en Colombia: Nos criaron para ser fuertes y además hemos visto impunidad.  Hemos sido denigradas por hablar; tratadas de arribistas, provocadoras, pendejas y demás por haber sido golpeadas, acosadas o violadas. Al final en de la ecuación las víctimas son cien veces más hijas del infierno que sus victimarios.

 A todas las mujeres que desde el entorno que les tocó vivir, han denunciado a sus agresores, las admiro profundamente y a las que han decidido no enfrentarse al escarnio que les supone semejante acto que en Colombia es de “demente gallardía” las entiendo en esa profunda convicción de entender que la sociedad y este mundo que en demasiados ámbitos es de hombres, no está preparado para oír sus historias. Entiendo su silencio como su modo de resistir.

Por. Yarley García

 

 

 

 

 

 

Comments

Comentarios


Opiniones
  1. Jennifer Sandoval G   /   enero 24, 2018, (12:16 pm)

    un artículo muy provocativo que nos invita a no seguir revictimizando los hechos que han marcado la vida de cada una de las mujeres que se han visto vulneradas, maltratadas o acosadas; es una invitación a respetar nuestra condición de seres humanos, a tomar conciencia de nuestra humanidad, a entender que el silencio es una forma de resistencia y que a quienes hacen publica su historia no significa el señalamiento social o el escarnio público sino una forma de enfrentar una cicatriz.

    A estas mujeres que luchan, a estas mujeres valientes que han continuado con su vida y han hecho de ella un ejemplo.

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