La intención de no prometer.

Escrito por el febrero 22, 2018

Todos los años nos pasa lo mismo: iniciamos con la euforia de los propósitos que antes de acabar enero van perdiendo fuerza y naufragando en el mar de nuestras frustraciones. Por unos meses enterramos entre la rutina, el asunto del coraje repentino y las promesas rotas… Hasta el siguiente diciembre. Así transcurre nuestra vida.

No sé si son los años que, aunque no son tantos suman la experiencia y el cansancio justo para hacerme una única y firme promesa: la de no volver a prometerme nada.

Este fin de año no me atormenté ni me entusiasmé; no me hinché el corazón de valentía, mientras pensaba lo que lograría este nuevo año; tampoco recordé a mi familia con nostalgia mientras me daba golpes de pecho por los que se fueron o por todo lo que no hice bien; no pensé en viejos amores  y en todo lo que fue o lo que no pudo ser; no me sentí sola, ni carente , ni ansiosa  por ocupar el lado izquierdo de mi cama… ¡No, este  fin de año cambie el ritual para siempre!

El 31 fue un día más, un domingo de pantaloneta y camisa con huecos para hacer oficio en la casa. Aunque en la noche tenia varias invitaciones, escogí mi casa. Me bañe, vestí y maquille para no salir.

Querido lector: no me estoy inaugurando de coach y dudo que lo haga alguna vez, pero ese día y todos los días a partir de ese quería practicar el buen habito de agradecerme. Recordarme que  he sido fuerte en medio de las cosas que me  ha traído el camino, que claramente estuvieron lejos de mis metas y propósitos ; me agradecí cada vez que en los 365 días pasados me sentí vencida y aun así seguí avanzando; cada día que no me senté a esperar; me recordé todo lo bueno y me perdoné las cosas malas y las tomé por una escuela en la que me matriculé cuando nací y sobre todo abandoné para siempre la necesidad se sentirme  culpable.

También le agradecí a la niña interior que me habita y que pocos conocen. Por una vez no la traté de tonta por creer y confiar en las personas, por ser la culpable de mis decepciones y mayores dolores y por hacerme ver frágil ante las personas incorrectas.

Mas bien le agradecí estar aún presente, y regalarme un camino hacia todo lo que quiero junto con el mapa y la brújula que me laten por dentro; además me sentí afortunada por cada vez que di amor o cualquier cosa buena a quien fuera, por estar aquí, por estar viva, por el hecho de sentir cosas buenas o malas y seguir en este juego que últimamente he aprendido a no tomarme tan en serio.

Aunque estuve acompañada, recibí 2018 durmiendo, en paz, con ganas de recibir lo que venga, disfrutar el camino sin importar que tan duro pueda ponerse, con la sensación de estar en el momento justo, aprendiendo lo que necesito y que lo que viene será siempre mejor… No, no es motivación, es la lógica de estar varios pasos más lejos de donde comencé la travesía el día que me dieron a luz.

 

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